Procesos de marginaciones socioculturales e higienización en el patrimonial Barrio Puerto de Valparaíso
Resumen: Con el objetivo de reflexionar y discutir la cuestión del patrimonio y de los procesos de marginaciones socioculturales e higienización en el Barrio Puerto de Valparaíso (Chile), la investigación que presentamos aborda los resquebrajamientos que se producen en las formas de habitar en el Barrio Puerto, como producto de transformaciones acontecidas en el hábitat de los habitantes (cambios territoriales), en relación a un proceso de racionalidad patrimonial – urbanística. Estamos entonces frente a un importante foco de estudio multidisciplinario que atañe a la sociología, la geografía y al turismo. Dicho interés por examinar los problemas a partir de todo un abanico científico y cultural, que de más luces sobre las distintas racionalidades que operan en las formas de vida de los habitantes de este barrio de Valparaíso, permite su estudio desde una visión más completa y profunda sobre el patrimonio al que aludimos. Los habitantes que hicieron posible la “vida” del lugar han sido y son actores de un sello que ha atraído a visitantes y turistas en torno a un imaginario ligado al puerto, la bohemia, el arte y la pobreza. Los procesos de racionalización y las sucesivas modernizaciones, despegadas del sentir de la gente cambiarán las maneras en que el habitante experimenta, se desenvuelve y piensa al lugar en el cual ha dejado sus huellas a partir de las marcas de sus experiencias de vida y subjetividades compartidas e individuales. Entonces nos preguntamos ¿Cómo los habitantes perciben y sienten los cambios? ¿Cuáles son los principales lazos que los habitantes tienen con el lugar? Estas son algunas interrogantes que intentamos dilucidar y que el lector podrá conocer, a partir de un enfoque metodológico y una sociología eminentemente comprensiva, que le confiere un importante valor al habla de quienes fueron entrevistados.
Palabras Claves: Patrimonio, higienización, marginación, urbanismo, turismo.
1. Introducción
La investigación aborda la problemática de la asociación entre “patrimonio y procesos de marginaciones socioculturales e higienización” desde la perspectiva de un estudio de caso (Chizzoti, 2008) en el Barrio Puerto de Valparaíso (Chile). El objetivo principal es identificar y describir las principales transformaciones sucedidas en la ciudad, principalmente desde que ésta fue nombrada por
Dichas transformaciones pueden observarse en quienes recorren Valparaíso. Sin embargo, nuestro estudio se propone descubrir las consecuencias que estos cambios provocan en los habitantes y conocer los discursos que nos entregan los sujetos que se relacionan cotidianamente con ese espacio. Por ello le otorgamos gran importancia a la palabra de un grupo de sujetos que ha hecho de la ciudad, y más específicamente del Barrio Puerto, su hábitat por muchos años, buscando, así, capturar sus percepciones en relación con las representaciones simbólicas de los lugares tras sus transformaciones físicas.
El interés por investigar las relaciones que existen entre el patrimonio y las marginaciones socioculturales que actualmente se viven en el Barrio Puerto de Valparaíso no es casual y forma parte de una serie de trabajos anteriores vinculados al problema. Además, se enmarca en la necesidad de realizar estudios concretos, asociados a fenómenos urbanos ligados al patrimonio cultural, que tienen repercusión en actores sociales específicos que han constituido a la ciudad. En este sentido, nos interesa explorar la vinculación que existe entre los ámbitos físicos-territoriales y aquellos simbólicos. Así configuramos un punto de partida crítico que da cuenta de la compleja realidad que aquí se produce como resultado de las profundas transformaciones en que está inserta la ciudad contemporánea.
Para el desarrollo del trabajo hemos elegido el enfoque cualitativo que nos permite profundizar en las subjetividades del otro, es decir, de los sujetos de acuerdo con su condición de habitantes de un barrio, sus pequeñas y grandes historias, sus experiencias y la cotidianidad de sus días, entre otros.
Las transformaciones en el Barrio Puerto de Valparaíso, de las que se hace cargo este estudio, están marcadas por acontecimientos de carácter histórico anteriores al año 2003 (cuando la ciudad pasa a formar parte de un conjunto patrimonial). Pero hoy día estas transformaciones las podemos entender como producto de dos hechos de carácter transformativo en desarrollo: la patrimonialización por una parte y el Bicentenario del país por otra. Hemos podido in situ ir conociendo hasta qué punto las decisiones políticas y los intereses económicos están presentes en la contingencia del encuentro de dos hechos que consiguen tejer el sentido común necesario para la homogeneización de valores ciudadanos que se arraigan en ideas que, sin ser nuevas, actualmente vuelven como en los mejores momentos de la industrialización: orden, ornato y limpieza.
Pareciera que solo importa “presentar” a la ciudad como el producto impecable de un acuerdo social. Dicha presentación supone una “corrección” que va dejando de lado a sus antiguos habitantes, ahora castigados. Su marginación, antes inserta en un barrio también marginado y apuntado con el dedo por una supuesta peligrosidad, se hace realidad cuando logra ser vista en sujetos concretos.
Con eso, el estudio contempla a la geografía en la medida que propone un estudio de transformaciones espaciales simbólicas. Advertimos que no sólo se deben hacer estudios acerca de los espacios físicos, sino también de los simbólicos y, en ese caso, en general usamos la categoría geográfica y antropológica de Lugar (Augé, 2004), de acuerdo con la cual hay relaciones humanas de topofilía o topofobía, coincidiendo con el tipo de historia que en ello se desarrolló. Ese estudio no sólo es un aporte a la geografía, sino también al turismo, a la sociología, con apertura para que otros estudios puedan seguir con el trabajo orientado hacia otras percepciones e investigaciones que se hagan cargo de estudiar el complejo y contingente fenómeno del patrimonio en lugares específicos de las ciudades.
2. Antecedentes históricos y sociales.
2.1 Del Barrio Puerto de Valparaíso.
En la mentalidad decimonónica de los porteños existía una plena conciencia del contraste entre el Valparaíso ilustrado, civilizado, prospero y progresista, y el Valparaíso de la marginación, la degradación, la pobreza y los vicios, que se concentraba en el corazón del puerto. El juego, la prostitución, las riñas, las enfermedades propias de la marginación fueron grandes preocupaciones de la opinión publica y de las autoridades de la ciudad durante toda su época de auge. Las diversiones que eran objeto de esta preocupación se concentraban en el barrio del puerto, en calles como Cajilla, en bares y prostíbulos muy concurridos por los marineros (CONSEJO DE MONUMENTOS NACIONALES – CMN, 2004, p.58)
El Barrio Puerto es originado de las primeras actividades portuarias que se desarrollaron a partir del siglo XVI. Es entonces una de las zonas más antiguas de Valparaíso y es considerado el templo fundacional de la ciudad. El sector se configura en torno a Plaza Echaurren, formando, en conjunto con iglesia
En el siglo XVII, a pesar de la escasa población del Puerto, se concreta la aspiración de los sacerdotes de la orden franciscana por fundar un hospicio que albergara a los religiosos de diversas ordenes que estuvieran de paso por Valparaíso, transformándose en el siglo XIX en un importante conjunto arquitectónico conformado por la iglesia y los claustros del convento, el que luego sería ampliado para acoger una escuela pública que entregara la enseñanza de las primeras letras. En 1659 se instala en la ciudad
En 1870
Esta localidad se caracteriza por su condición histórica de “Puerto Principal” el que tuvo un gran movimiento económico, social y cultural durante los años 50 que lo convirtió en un lugar pleno de oportunidades, de crecimiento, de estabilidad económica, y adecuados niveles de calidad de vida. Eran tiempos de modernización en que Valparaíso era considerado como ciudad “próspera”, tanto en los aspectos económicos como sociales y culturales. Se caracterizaba por ser un puerto en el cual fluía la vida, el mercado, sus clubes sociales, boîtes y bares, verdaderos espacios de convivencia social y familiar. Sin embargo, la industrialización y el centralismo económico-político contribuyeron a la decadencia del Puerto (Aravena, Torres, Conejeros y Cataldo, 2003). El requerimiento de la fuerza de trabajo disminuyó dando paso al desempleo y la cesantía, aumentando los factores que se vinculan a la pobreza material.
Valparaíso nació y se define aún como y a partir del puerto. Su actividad mercantil le dio un rol fundamental desde antaño, por lo cual, la actividad portuaria es la gestora de un estilo de vida propio del porteño (como se les llama a los habitantes de Valparaíso). Como pilar fundamental en la construcción de sentido para el habitante del barrio el puerto ha generado relaciones de diverso tipo:comerciales, sociales, laborales, culturales, entre otras (Delaveau, Delgado, Lewin, 2007). Esta centralidad se debe a que la ciudad, más o menos entre la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX fue el principal puerto del Pacifico Sudamericano, lo que lo convirtió en un centro financiero de primer orden y en capital financiera de Chile. Fueron los tiempos de esplendor del puerto de Valparaíso.
En el plano urbanístico este periodo se caracteriza por una profunda modernización de la ciudad y por la construcción de edificios monumentales, época de desarrollo que va de la mano con los descubrimientos e innovaciones tecnológicas propias del progreso y la industrialización. Por otra parte, la presencia de extranjeros –ingleses, franceses, alemanes, norteamericanos e italianos – y el tráfico de naves provenientes de todo el mundo hicieron de Valparaíso una ciudad cosmopolita, moderna, pragmática, de mentalidad burguesa, bullante no sólo en el plano económico sino también en el intercultural. Pero al mismo tiempo, una parte importante de la población quedaba al margen del proceso modernizador replegándose en las partes altas de la ciudad: los cerros (CMN, 2004, p. 58).
Pero el tiempo de esplendor del barrio tuvo su fin anunciado por diversos hechos consecutivos. Cuatro de ellos se destacan: (1) construcción del Canal de Panamá en 1914, que sacar a la ciudad de la principal ruta de navegación interoceánica; (2) cambio de sistema económico en Chile, a partir de 1973; (3) a partir de la segunda mitad de la década de los setentas el comienzo de un periodo de modernización del área portuaria, lo que significó reducción de la mano de obra portuaria, lo que trajo consigo importantes consecuencias en lo económico, social y cultural; y (4) la imposición del toque de queda, por parte del gobierno de la dictadura militar, que terminó con la vida nocturna ligada a la bohemia tan característica de Valparaíso y a las distintas actividades y prácticas sociales que con ella se desarrollaban.
Junto con la decadencia económica, el sector empieza a presentar un avanzado estado de deterioro físico, ambiental y funcional. Se observan altos niveles de hacinamiento y deficiencia en infraestructura de vivienda y equipamiento, que se suma a las deficientes condiciones medioambientales del barrio. En este sentido, se observa suciedad en las calles, baja mantención de sus calles y edificios, delincuencia reiterada, presencia de numerosos perros vagos y de sujetos marginales como alcohólicos, prostitutas y drogadictos. Estos son factores clave en la negativa percepción del sector que tienen sus habitantes (Programa URBAL).
3 Aspectos Metodológicos
4 Aspectos teóricos
4.1 Procesos de higienización de y en la ciudad y de la mano del urbanismo como ideología
Para efectos de esta investigación, entendemos a la higienización como parte de una racionalidad urbanística – patrimonial. La higienización se cuenta como uno de los medios que se han instalado para ordenar, corregir y transformar los espacios urbanos, barriendo con los elementos que entorpecen y dificultan el alcance de estos objetivos. En ese proceso se desplaza y margina a los sujetos, sin medir, muchas veces, las implicancias en términos sociales. En este sentido, la eficiencia de la higienización no sólo proviene del establecimiento de un “nuevo orden” (cambios territoriales), habiendo intervenido en el ámbito físico-urbano, sino que debe conseguir la eficacia necesaria para resguardarla, ampliando su campo de intervención operando sobre los habitus. Es decir, la higienización debe operar (y opera) sobre los habitus de los habitantes originarios, buscando producir valores, gustos, practicas ideales y conductas (Bourdieu, 2000) de los sujetos que ocupan y le dan vida a los lugares (Delaveau, 2008).
La higienización, como medio utilizado por una racionalidad, tiene una historia, forma parte de procesos, que no pueden circunscribirse a casos concretos de cambios territoriales. Más bien debe inscribirse en relación a las preguntas relativas al estudio de la ciudad, que tienen como punto de partida el proceso de industrialización, cuestión que va produciendo un nuevo orden que tiene efectos en la vida de los hombres habitantes de las ciudades, así lo señala Berman (1998) cuando escribe “la industrialización implica la desestructuración de las estructuras establecidas”.
El proceso de industrialización para Lefebvre (1998), da cuenta de los violentos contrastes entre riqueza y poder y los conflictos entre poderosos y oprimidos, dilucidándose esto principalmente en la densidad que alcanzan los núcleos urbanos ubicados en la periferia de la ciudad, donde se encuentran aquellas clases más bajas y desposeídas, mientas en los centros urbanos las oficinas reemplazan a las viviendas, pasando a ser centros de consumo o centros de poder. En este sentido, Wirth (Bettin, 1982) pone a la palestra la problemática de los procesos de segregación de personas, en donde la ciudad se convierte en un mosaico de mundos sociales, cada uno distinto del otro. De esta manera uno de los grandes cambios producidos por la industrialización se relaciona con los problemas relativos al crecimiento y planificación y a las cuestiones que conciernen a la ciudad y al desarrollo de la realidad urbana.
En relación a lo planteado por estos teóricos y en un contexto de caos urbano, producto del reemplazo de la vieja ciudad medieval por una sucia y desordenada, que se busca “poner en orden”, dilucidamos una primera cuestión, la higienización, en esta fase de desorden y caos en la ciudad, se ha manifestado bajo la forma de segregación social, lo que más adelante entenderemos por marginaciones, pre-existiendo a la urbanización como tal, pasando a ser uno de sus medios para la construcción de un “orden”.
El urbanismo se erige como una propuesta para la organización urbana. Pero en el periodo pre-urbanista, encontramos principalmente dos corrientes: una que condiciona las necesidades de cambio a la conservación de los valores históricos culturales de las tradiciones edilicias urbanas (culturalismo) y otra abierta y predispuesta a la ejecución de las rupturas necesarias con el pasado histórico, en nombre del advenimiento del progreso (progresismo) como lo señala Raposo en el artículo “Diseño Urbano. Indagaciones genealógicas y perfiles institucionales”
Posterior a estas líneas de pensamiento y acción comienza a aparecer como tal lo que se denomina urbanismo, propulsado principalmente por arquitectos de la corriente progresista, quienes comenzaron aunar fuerzas y difundir su pensamiento mediante congresos internacionales de arquitectura moderna (CIAM) en torno a
Los postulados de esta carta presentan altas dosis de higienización. Claro, esto no surge explícitamente, sino como una medida “extrema”, pero “necesaria” para el “bien común” de los habitantes de una urbe. La higienización se manifiesta no sólo mediante una segregación inducida, sino también a través del extirpar de raíz con elementos nocivos, caracterizados principalmente por los asentamientos humanos más precarios. La critica que se hace al urbanismo apunta principalmente a la forma en que éste ha sido caracterizado en la carta, es decir en un ideal estructural funcionalista donde la ciudad debe ser perfectamente clara, ordenada, comprensible (es decir dominable) decidiendo separar cada uno de los espacios en que se desarrolla el habitar, trabajar, circular, cultivar el cuerpo y el espíritu (Lefebvre, 1998).
Así mismo, la racionalidad urbanística, en palabras de Lefebvre, ha llevado a la destrucción de la vida urbana porque al cuadricular y jerarquizar los lugares, se ha centrado en el hábitat sin medir las implicancias sobre el habitar, es decir, ha llevado a la fetichización del espacio. Unos lugares se imponen por sobre otros, guiados por la encubierta estrategia del capital. Este pensador francés lo ejemplifica con lo más urbano, la calle, que ha sido señalada por la carta como nociva, multifuncional, tierra de todos, y de nadie, caracterización que va en desmedro de una praxis urbana fundada en el derecho a la libertad, al hábitat y al habitar, donde la ciudad es apropiada y practicada por el individuo. De ahí que su crítica al urbanismo radique en que éste se erige como una fuerza manipuladora que encubre la nueva estrategia del capital. El urbanismo contribuye a la acción de opresión frente al usuario de la ciudad (Bettin, 1982).
Lefebvre (1998) deja implícito lo anterior al distinguir tipos de urbanismo: (1) de buena voluntad, que se trata de arquitectos que están vinculados al humanismo y que construyen a “escala humana” es decir “a medida” del hombre; (2) de los administradores vinculados al sector público (estatal), de tipo tecnocrático y sistematizado que descuida el “factor humano” privilegiando en vez a los sistemas de comunicación; y (3) el urbanismo de los promotores, que conciben y realizan para el mercado, con propósitos de lucro, y ello sin disimularlo. “Lo nuevo y reciente es que ya no venden alojamientos o inmuebles, sino urbanismo. Con o sin ideología el urbanismo se convierte en valor de cambio” (Lefebvre, 1998, p.42, 43), publicita un estilo de vida, una manera de vivir en un sitio que se encuentra armado de ante mano.
Es el urbanismo de los promotores al que consideramos como patrimonial, que atrae a nuevos habitantes promocionando un estilo de vida armado por lo que otros (habitantes antiguos) construyeron. Así, las inmobiliarias promocionan el status de vivir en un “barrio patrimonial” donde se experimenta una vida tranquila, basada en valores “comunitarios”. A eso se suma la conectividad que tiene el barrio con locales comerciales, plazas, colegios, bancos, etc. En este sentido el urbanismo de los promotores comercializa los valores del urbanismo que construye a “escala humana”, sin embargo, esto no garantiza la experimentación de una vida de barrio: la relación entre habitantes ya no es entre vecinos, sino entre propietarios (Delaveau, 2008)
Así podemos reafirmar que la higienización es frecuentemente utilizada por la ideología y la racionalidad urbanística. Eso ocurre especialmente cuando un lugar patrimonial se convierte en mercancía, adoptando un valor de cambio en un contexto de una sociedad burocrática de consumo dirigido que organiza el espacio habitado a la luz de una racionalidad que se pronuncia por la neutralidad de un espacio que es, en cambio, espacio político (Bettin, 1982). De este modo la miseria se traslada a la miseria del hábitat, que coarta la libertad de los individuos y direcciona su desenvolvimiento.
4.2 El hábitat y el habitar en un barrio: prácticas e identidades
Wirth, en el artículo “El urbanismo como modo de vida” sostiene que una ciudad puede ser definida como “un establecimiento relativamente grande, denso y permanente de individuos socialmente heterogéneos”. Lo “urbano” como forma de vida, no se puede entender si no es a partir de los efectos sociales que tiene para la vida de los individuos los aspectos cualitativos y cuantitativos de la ciudad. El modo de vida urbano está marcado principalmente por dos aspectos que se desprenden de la influencia que sobre la vida social ejerce la ciudad.
El primero de ellos es la interacción y cohesión social que pierden en intensidad producto de que en la ciudad, a diferencia de lo rural, viven gran cantidad de personas en proximidad, pero que no se conocen personalmente con los demás ni establecen relaciones porque el carácter social de la vida colectiva está marcada por relaciones efímeras y fugaces, en donde lo que abunda es la impersonalidad y la individualidad de acuerdo al modo de vida rápido que se lleva en la ciudad, un lugar de paso, que no permite la permanencia. En términos de contactos sociales, éstos son superficiales, transitorios y segmentados, existe un debilitamiento de las relaciones primarias y su consecuente sustitución por aquellas de tipo secundarias. El segundo punto refiere a pensar la ciudad no tan sólo como el lugar donde viven los individuos, sino también como un centro de iniciación y control de la vida económica, política y cultural que ha atraído a su órbita las más remotas partes del mundo y entrelazado en un cosmos diversas áreas, pueblos y actividades (Wirth, 2005).
En este sentido, la alta densidad y heterogeneidad poblacional que alcanzan las ciudades, asociada a la desaparición de una unidad territorial como base de solidaridad social, conduciría a la formación de barrios con distintas características, conformados en torno a similitudes de raza, ocupaciones, intereses y clases sociales donde encontramos rasgos de tipo comunitarios. Sin embargo, las características de estos barrios que se fundan principalmente en el conocimiento personal mutuo entre habitantes, tienden a desaparecer frente a las características de la vida urbana.
En la actualidad aún encontramos barrios donde las relaciones entre vecinos son estrechas y cercanas, comparando a otras zonas de una ciudad. Éstas van perdurando en el tiempo porque en general se basan en vínculos de familiaridad mantenidos por generaciones sucesivas de habitantes. En estos lugares todavía podemos decir que hay, en mayor o menor medida, valores comunitarios y lazos solidarios. Pero, las razones del vínculo son distintas a aquellas que dicen de una necesidad de tener un sentido de pertenencia e identificación por cuestiones raciales, étnicas o culturales. En los barrios de hoy, los lazos entre vecinos y el sentido de pertenencia y arraigo que puedan sentir con su barrio se han dado con el tiempo, aquel que va tejiendo las relaciones de vecindad, de permanencia y parentesco. Con eso concordamos con Campos y López:
La temporalidad involucrada reviste una especial importancia, por cuanto desde ella será posible valorar el espacio para transformarlo en lugar significativo, ya sea por acumulación de experiencias, proyección, nostalgia, al querer perpetuar algo que ya no está, o con el futuro, al pensar en él como una alternativa de actualización de lo posible. (Campos y López, 2004, s/p)
Otro elemento a considerar es la estructura morfológica de los barrios, caracterizada por la relación de cercanía entre los distintos lugares del hábitat y de éstos con el lugar de residencia de los habitantes. Los barrios se caracterizan por contar con distintos lugares que se “prestan” para la socialización y para el establecimiento de relaciones más estrechas. Así encontramos viviendas colectivas como los cités, poblaciones obreras, callejones, plazuelas, escaleras y pasajes, sumando la contigüidad que tienen con el centro del sector, donde se localiza plazas públicas, iglesias, en algunos casos, instituciones sociales, mercados de abasto, pequeños negocios de “barrio” y calles comerciales, así mismo con calles de usos funcionales conectando al barrio con otras áreas de la ciudad, etcétera.
Esas condiciones del barrio posibilitan que éste sea especialmente aprehendido por sus habitantes. Los sujetos establecen nexos con los lugares, configurándolos, visitándolos, practicándolos, “usándolos” y transformándolos. Así, estos lugares significan para los sujetos espacios de representaciones de ciertas identidades y expresiones culturales. Los barrios son entidades vivas, y están asociados “a un tiempo idílico – el de la niñez y la juventud, el de la feliz inocencia – y remite a un barrio solidario y protector, es un barrio pobre y donde se hicieron la primera novia” (Martínez, 2004) Es decir que sólo puede ser aprehendido de forma vivencial, a través de los juegos, fiestas, los encuentros e intercambios, caminar por la calle, conversar con los vecinos. Es productor de sentido porque se carga de sentido en cada reiteración de las prácticas realizadas por los habitantes y al mismo tiempo es lugar de “memoria”, ya que “tiende a sacralizar los vínculos que una persona o grupo tienen con un espacio específico, el cual es apreciado más allá de su valor de uso, pues concentra sentidos vinculados a la emotividad, a la historia o a ciertos elementos que se consideran propios y fundamentales para la representación de valores y visiones que se tienen de la realidad. Hay ahí una referencia tanto al pasado, como al futuro, una evaluación de lo que se ha sido y de lo que se desea proyectar” (Campos y López, 2004)
Al barrio lo entendemos como un lugar antropológico, lo cual consideramos una:
Construcción concreta y simbólica del espacio que no podría por sí sola dar cuenta de las vicisitudes y de las contradicciones de la vida social pero a la cual se refieren todos aquellos a quienes se les asigna un lugar, por modesto o humilde que sea (Augé, 2004, p.58, 59).
Augé nos aporta al afirmar que “el lugar antropológico es principio de sentido para aquellos que lo habitan y principio de inteligibilidad para aquel que lo observa”. Es donde se constituye la identidad “a través de las complicidades del lenguaje, las referencias del paisaje, las reglas no formulada del saber vivir, el no lugar es el que crea la identidad compartida de los pasajeros, de la clientela o de los conductores del domingo” (AUGÉ, 2004, p.104). Y aunque señala la existencia de lugares dando sus características, también plantea que las lógicas y la arremetida de la modernidad proponen otra lógica – la de los no lugares. Esos no lugares representan la medida de la época, o sea, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad, ni como relacional ni como histórico. Así, hacen referencia a aquellos momentos en el que el individuo se hace espectador de una situación o un hecho sin participar activamente, sucede especialmente cuando el sujeto se pierde en la muchedumbre. Es donde los individuos no interactúan entre ellos sino con textos y mensajes que les indican lo que deben hacer o lo que están haciendo. Augé (2004) señala que el espacio del no lugar no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud, al contrario del “lugar antropológico”.
Los barrios, en general, son los espacios donde los habitantes suelen salir a caminar, socializar o comprar. Dichas acciones tienden principalmente a circunscribirse en su hábitat, lo que permite situarlo como lugar de lo seguro, donde los individuos se sienten protegidos y amparados ante la prolongación de la ciudad y la vida amenazante de ella, que en la ciudad se presenta como distante y desconocida y de mayor apertura a experimentar sensaciones y acontecimientos que se escapen a la regularidad de la vida cotidiana. El barrio sin embargo, es lugar de lo conocido y seguro. Esto porque es la extensión más inmediata del espacio privado, al ser el primer contacto con el espacio público al salir del hogar. Por lo tanto, el espacio privado es el lugar donde el individuo se siente más protegido del mundo público que los rodea, sensación similar a lo que ocurre en la vida desenvuelta en los espacios públicos del barrio en relación a la ciudad.
Para estudiar los desplazamientos y recorridos que los sujetos hacen por el barrio y la ciudad, así también la frecuencia con la que ocupan (o no) lugares públicos del sector, habrá que en primera instancia considerar como punto de referencia y partida el lugar de residencia de los habitantes, a lo que suman dos aspectos a tomar en cuenta, uno de carácter objetivo y otro subjetivo. El primero habla de la objetividad del territorio, es decir, aquellos elementos que determinan la susceptibilidad al uso de un determinado espacio y lugar; el segundo alude a los aspectos colectivos e identitarios, encontrándose de por medio son las impresiones y apreciaciones de los habitantes en relación al barrio de acuerdo a las experiencias y al conocimiento práctico que tienen de esos espacios y de su historia y las significaciones que le dan.
En este estudio hemos pensado el barrio como parte de una experiencia social, donde confluyen las experiencias biográficas de sus habitantes que construyen lazos afectivos entre ellos y con el hábitat como un escenario donde hay encuentros cotidianos, fiestas, recordaciones y duelos propios, en el que se reconocen señales y símbolos identificatorios que pueden pasar desapercibidos a los extraños, pueden generar ritos y códigos de conducta que los diferencian de otros barrios y de lo resto de la ciudad (Martínez, 2004,s/p). De esa manera, habrá que reflexionar en torno a las transformaciones y si, tras las mutaciones, podemos seguir pensando al Barrio Puerto de Valparaíso, acorde con el sentido de barrio presentado, es decir, como lugar en sentido antropológico. Los cuestionamientos cobran especial sentido frente a los procesos modernizadores que se están dando en las ciudades sin mayor discriminación de lugares. Desde Lefebvre, las interrogantes se formularían en relación a lo que ha denominado el urbanismo de los promotores, y en torno a las experiencias del habitar en un hábitat cada vez más racionalizado.
La importancia de la experiencia del habitar se ha difuminado ante la persistencia de centrarse los promotores en el hábitat, que construyen lugares “artificiales” (lugares “ideales” para personas “ideales”) pensando en la funcionalidad de sus distintos espacios, rompiendo con la mixtura de la heterogeneidad del barrio, que no requiere y no permite la socialización. Así, el barrio constituye nada más que el espacio de residencia, no pudiendo constituirse como un referente identitario estable y duradero.
Hasta ese punto ha llevado la burocracia de Estado a su forma pura el concepto de hábitat (…) La racionalidad estatal va hasta el extremo. En el nuevo conjunto (barrio autosuficiente) el hábitat se instaura en estado puro, suma de presiones. El gran conjunto realiza el concepto de hábitat, excluyendo el de habitar, la plasticidad del espacio, el modelamiento de este espacio, la apropiación de sus condiciones de existencia por los grupos e individuos. De este modo, la cotidianidad completa funciones, prescripciones, empleo del tiempo rígido que se inscribe se significa en este hábitat (Lefevbre, 2008).
De esta forma, la cuestión es pensar el hábitat en relación al habitar, donde el primero incluya experiencias activas y participativas, es decir el convivir en el hábitat practicándolo.
5 Procesos de marginaciones socio culturales en el Barrio Puerto de Valparaíso.
Las marginaciones actuales no pueden comprenderse desde el presente, sino que deben leerse como una historia, como el producto de una transformación. Castel (1995) ha dado cuenta de las transformaciones del mundo del trabajo a partir del paso de la comunidad a la sociedad, es decir de lo que Durkheim señala como solidaridad mecánica y solidaridad orgánica. Se trata entonces de la disociación de los lazos que antes unían al individuo con lo social, caracterizados ahora por la promoción del individualismo.
La cuestión del lazo social, de los nexos que unen a los individuos, toma vital importancia para entender lo que sucede con las marginaciones, esto ante todo cuando lo hacemos en relación a un barrio cuya vida se caracteriza por el establecimiento de vínculos entre los individuos que se han mantenido en el tiempo. En términos de la concordancia entre la vida barrial y las marginaciones cabe preguntarse ¿Cuáles han sido los efectos que ha tenido en la vida del barrio la modernización del área portuaria? ¿Qué significa para la vida de un barrio que muchos de sus habitantes hayan perdido su fuente de trabajo? ¿Qué representa la nueva lógica del espectacular desarrollo turístico?
En relación a Durkheim esbozamos las respuestas en torno a un estado de anomia de acuerdo a los estados de desorden, que han resultado de los cambios en el ámbito del trabajo, aquejando a la vida de los sujetos, afectando a la totalidad de los habitantes. La perdida de trabajo significó al mismo tiempo un rompimiento de los marcos integradores que sostenían a los individuos, implicancias que condujeron a una ruptura en términos históricos con lo que constituyó para el sujeto su experiencia laboral por décadas. Pero para los habitantes del Barrio Puerto la cuestión es más voraz, el área portuaria no sólo fue durante muchos años la principal fuente laboral, también definió a la ciudad a partir del Puerto, siendo un referente identitario para sus habitantes, entonces la pérdida de trabajo encarna al mismo tiempo el resquebrajamiento de un modo de vida porque cambian las “reglas del juego”. Y de acuerdo a esto, con respecto a los cambios en el trabajo, lo flexible que se ha vuelto y la pérdida de éste, se señala “todo el conjunto de la vida social es atravesado por una especie de desinstitucionalización entendida como una desvinculación respecto a los marcos objetivos que estructuran la existencia de los sujetos” (Castel, 1995, p.472).
Las marginaciones podemos explicarlas a partir de las cuestiones concernientes a las transformaciones del trabajo de los habitantes del barrio, es decir en torno a la dimensión social del trabajo el que presenta altos índices de desocupación, subocupación, informalidad, precariedad laboral, bajos salarios, pobreza estructural y la exclusión de amplios sectores de la población del sistema productivo. Todos estos factores, junto con otros, han producido situaciones ligadas a la precariedad, vulnerabilidad e incertidumbre frente a un futuro que se torna cada vez más incierto. Estas condiciones por las que atraviesa el individuo, Castel (1995) las llama desafiliación, término que hace referencia a aquellos sujetos que pierden contacto con elementos que constituyen un entramado social y con la inscripción a distintos servicios, tales como la salud, vivienda, educación, y junto con ello a formas estables de sociabilidad, la incertidumbre se traspasa a los aspectos privados, se produce una inestabilidad en el plano familiar y un debilitamiento en las estructuras comunitarias. Para Castel (1995, p. 36) “existen riesgos de desafiliación cuando el conjunto de las relaciones de proximidad que mantiene un individuo sobre la base territorial, que es también su inscripción familiar y social, tiene una falla que le impide reproducir su existencia y asegurar su protección”.
Respecto a lo anterior pensamos a las marginaciones como producto de una fractura en el trayecto de la vida de un individuo o un grupo que los coloca en situaciones de dificultad que complejiza el futuro, exponiendo a quienes la experimentan a diluirse en los intrincados laberintos de la selva de cemento. Marginalidad entendida como desterritoralización que empuja a los bordes, pero también a la reterritorialización (Volnovich, s/a, p.359). Pero, por el mero hecho que un grupo social pase por dificultades, no podemos decir que atraviesan una situación de marginación. La cuestión que ha llevado a la marginación de ciertos grupos de la sociedad muchas veces trasciende a sus condiciones de vida. Pensamos que más que marginales hay marginados, es decir existe una producción social de marginalidad y de marginación, que se encuentra al servicio de una racionalidad que dice cual es el lugar de cada quien. La racionalidad está fundada en un orden que no soporta el desorden diciendo lo que es normal y lo que esta fuera de la regla,
Los discursos acerca de la marginalidad son atributos de la tecnocracia y la ideologización. Consecuente con esta hegemonía discursiva, tendíamos a entender el problema de la marginalidad desde una óptica negativa, que contrastaba, siempre, con la positividad de una sociedad bien organizada donde no deberían existir los marginales; o, si acaso, de existir, se los aceptaría como se acepta la escoria: ese resto, inevitable, que resulta del proceso en el que se fraguan los metales (Volnovich, s/a p. 361).
La mirada reprobadora de los demás apunta a las figuras que encarnan el desorden: el pobre o el joven desempleado o que no estudia, a quienes se les apellida como delincuentes, drogadictos o alcohólicos, es decir aquellos sujetos que no pueden preveer el mañana, que no tienen seguridades, entonces, dejan de formar parte de una sociedad que los considere y los reconozca, siendo siempre un otro cuyos comportamientos se alejan de “mi”.
Es debido señalar que la marginación no es exclusión, es no ser considerado, es que la voz de ciertos individuos no sean escuchadas. En este sentido, no podemos hablar de un barrio marginal, si podemos decir que sus habitantes son marginados y que entre ellos se marginan. De ahí que nos refiramos a las marginaciones como un proceso que tiene que ver con la trayectoria de los sujetos en tanto individuos y como colectividad.
5.1 De Valparaíso y su patrimonialización.
¿Qué es el patrimonio? ¿Qué significa que un lugar sea patrimonial? Es pertinente comenzar la discusión en torno al proceso de patrimonialización de Valparaíso, y más específicamente de su Barrio Puerto, indagando en la conceptualización de patrimonio. Esto porque la definición misma de patrimonio nos presenta un problema, no porque carezca de significados, sino por lo que podemos entender de él cuando constantemente alude al patrimonio cultural como al patrimonio tangible e intangible y los diversos criterios que lo justifican. Pensamos que la cuestión radica en cómo se puede entender desde las especificidades del caso – sus características espaciales, culturales e identitarias – y desde lo que significa para los habitantes que el lugar donde habitan sea patrimonial.
En concordancia con lo anterior, es oportuno dar a conocer lo planteado por Andueza (citado por Sepúlveda, 2004, p 20) quien señala que “La legislación chilena entraña una dificultad de una definición clara respecto al significado e identificación que defina claramente lo que se entiende por el patrimonio cultural, más aún, lo que se entiende por patrimonio intangible. Si bien, estos términos son utilizados en muchos documentos legales, asimismo carecen de claridad jurídica e institucional”.
La Real Academia define al patrimonio como el que está formado por los “bienes o hacienda que una persona ha heredado de sus de sus ascendientes. Bienes propios o adquiridos por cualquier titulo” Por analogía, podemos considerar el patrimonio como un conjunto de aquellos bienes culturales, materiales o inmateriales, que, sin limite de tiempo, ni lugar, han sido heredados de los antecesores con el objeto de ser transmitidos a las generaciones futuras. El patrimonio se convierte, de este modo en un bien público, cuya conservación ha de estar asegurada por los poderes públicos “(Hernández, 2002, p 115,116).
El patrimonio histórico-cultural de un país, región o ciudad está constituido por todos aquellos elementos y manifestaciones tangibles e intangibles producidas por las sociedades, resultado de un proceso histórico, que identifican y diferencian a ese país o región. El patrimonio es, en definitiva, el producto de un proceso histórico dinámico y el resultad de la interacción de la sociedad con su entorno (Camarero y Garrido, 2004, p 22, 23)
Así, al proceso de patrimonialización en el locus estudiado, lo podemos abordar con la siguiente cita:
En junio del año 2003, en la 27 Reunión Ordinaria del Comité del Patrimonio Mundial, realizada en Paris, Francia, el Comité del Patrimonio Mundial resolvió inscribir un Sector del Área Histórica de Valparaíso en
Ahora bien, el nombramiento de Valparaíso como sitio mundial patrimonial por parte de
Esta racionalización implica que las organizaciones, tanto privadas como estatales sean adecuadas y eficientes para los fines que se han planteado. Desde esta perspectiva, el patrimonio se ha convertido en un bien en si mismo y su finalidad es convertirse en un eje de desarrollo económico, ya no fundado en el trabajo, sino en el turismo, los servicios y el consumo (Aravena, 2006). Para esto las instituciones del Estado han elaborado una serie de estrategias para el desarrollo de la ciudad, organizadas en torno a una plataforma cultural, como principal factor económico de la región y orientadas a fortalecer la economía del patrimonio de tipo Turístico Cultural como motor de desarrollo alternativo y sustentable para la ciudad de Valparaíso. Con estos fines se han elaborado proyectos-programas tales como “el turismo es riqueza”, o “este es mi patrimonio”. Estos programas buscan vincular a la ciudadanía con el patrimonio, instándola al comportamiento “amigable” con el turista y con su medio ambiente. Los planteamientos de los proyectos invitan al hermoseamiento de la ciudad, al mantenimiento del aseo y del ornato, “principalmente porque esta connotación universal de patrimonio exige que la ciudad comience a estar sujeta a un régimen especial de cuidado y restauración de las fachadas y espacios públicos” (Cataldo, 2002). Con todo eso también hay la invitación a sumarse a la empresa patrimonio como plataforma de emprendimiento laboral y de crecimiento económico y social.
Consideraciones finales
El estudio ha develado que el Barrio Puerto de Valparaíso y sus habitantes han experimentado procesos de desterritorialización y reterritorialización, cuyos efectos se dejan ver en transformaciones de la experiencia del habitar, principalmente desde la implementación de programas y proyectos patrimoniales. Estos procesos han producido movimientos y desplazamientos contenidos en la racionalización de una renovación urbana, que al “renovar” cambia el rostro de lo viejo para proponer una cara más joven, buscando habilitar los espacios urbanos para un determinado desarrollo comercial.
Advertimos principalmente tres modos en que la patrimonialización/ higienización, opera: (1) produciendo marginaciones, que en este contexto alude barridos y desplazamientos humanos dentro del mismo barrio, como producto de lógicas higienizadoras que, limpiando y ordenando, persigue hacer a los lugares y sujetos que los ocupan, “presentables” para lo que se exporta y publicita, para el turista por ejemplo; (2) como iteración. “Restaurar”, “resguardar” “remodelar” son comúnmente utilizados por el discurso patrimonial, y pueden ser considerados como la manifestación de un esfuerzo por iterar, en tanto repetición alterada. El patrimonio, se esfuerza, por “arreglar”, “corregir” y “transformar”, repitiendo una “idea anterior” que se sustenta en imágenes, imaginarios, construyendo un Valparaíso a medida de lo que el mercado (inmobiliario y turístico) necesita; y (3) mediante una inclusión. Los programas patrimoniales apuntan principalmente a “revitalizar” el barrio. Para esto se contempla atraer a nuevos habitantes, a través del surgimiento de un mercado inmobiliario que, para atraer compradores, publicita un estilo y modo de vida construido con anterioridad, por los habitantes antiguos del sector.
En relación a lo anterior, los arreglos que se están efectuando en el sector, no se destinan para quienes han hecho del barrio su hábitat por años, sino para aquellos que vendrán o han llegado recientemente. Los nuevos habitantes o los futuros son quienes, con su mayor capacidad adquisitiva, revitalizarían al barrio, empobreciendo y marginando a quienes no puedan incorporarse a través del consumo a la nueva realidad económica y social. Así, lo que subyace a la incorporación de nuevos habitantes es la paulatina partida de los actuales, representando entonces un movimiento de nuevas territorializadas. Se (des)territorializan los habitantes de antaño, que pierden su territorio para los nuevos habitantes y para la emergente forma de vivir, donde el barrio se cambia en producto turístico. Esta nueva vida supone el resquebrajamiento de una antigua, de acuerdo a los procesos de ordenamiento y de dominio que necesita tener sobre los lugares y los sujetos. En suma, los esfuerzos de esta racionalidad patrimonial van en perjuicio de modos de habitar característicos de este barrio, al menos desde lo que hemos dilucidado a partir del relato de los sujetos entrevistados, formas de relacionarse e interactuar que los habitantes rememoran constantemente, anhelando se restituyan.
Este estudio ha mostrado que las relaciones sociales y la interacción entre vecinos-habitantes llevadas a cabo en el sector, se han debilitado en intensidad, tiempo y ejecución, es decir, se han difuminado, manifestándose en lo indirecta y esporádicas en que se han transformado. El establecimiento de lazos obedece a momentos únicos y particulares en la vida del barrio y de los sujetos, a quienes la vida les ha cambiado. Ya no son los mismos, como tampoco están los mismos vecinos con los cuales compartían, pero no por ello podemos precipitarnos en decir que la vida de barrio se ha extinguido. Razones a ello podemos encontrarlas en la noción de tiempo, aquel que propicia el conocimiento entre habitantes y de éstos con su hábitat, fortaleciendo la relaciones sociales y el principio de identificación con los lugares y sitios del barrio, y también por las cualidades de su estructura morfológica, donde la cercanía entre los lugares promueve que los sujetos de desplacen entre los distintos sitios y sub áreas del barrio. Sin embargo, estos dos factores por sí mismos, aislados de las subjetividades y las experiencias de vida de los sujetos desenvueltas en el sector, no forjan el sentido de pertenencia y arraigo, características primordiales de lo que se comprende por vida de barrio, ya que los habitantes deben sentirse identificados, parte del hábitat, sus distintos lugares y sitios.
Este principio de identificación, sentido de pertenencia y arraigo surge y cobra especial fuerza, cuando los sujetos se sienten y son participes, como hacedores de lo social, de lo que sucede a su alrededor, es decir, cuando practican el habitar, se desplazan y recorren el sector, “ocupando” los lugares del barrio, interactuando, participando de reuniones y encuentros sociales. De esta forma se puede revelar que, el actual sentido de pertenencia y arraigo que los habitantes tienen con su barrio, no es por lo que este es hoy, sino por lo que fue.
Esta investigación ha querido leer las escrituras de un barrio, tratando, de diversos modos, descifrar lo que hay bajo el texto (vida cotidiana) y también lo que hay sobre él (instituciones, ideologías). Sin embargo no podemos decir que esa es una tarea que se puede concluir. ¿Cuál es el futuro de los antiguos residentes del Barrio Puerto de Valparaíso? Si el patrimonio se propone revitalizar este barrio ¿Cómo será esta nueva vida? ¿Qué importancia tiene para el patrimonio aquellos sujetos que construyeron lo que ellos exportan, publicitan? Son tan sólo algunas de las preguntas que dejamos como ventanas abiertas para aquellos que se aventuren en seguir construyendo formas de leer las escrituras de un barrio que paulatinamente se ha ido transformando.